En Chile:

¿Censo 2012 o arma del panóptico?: Una reflexión sobre su sentido y una propuesta para resistirlo

“Todos los días también, pasa el síndico por la calle que es responsable; se detiene delante de cada casa; hace que se asomen todos los vecinos a las ventanas (los que viven del lado del patio tienen asignada una ventana que da a la calle a la que ningún otro puede asomarse); llama a cada cual por su nombre; se informa del estado de todos, uno por uno, ‘en lo cual los vecinos estarán obligados a decir la verdad bajo la pena de la vida’; si alguno no se presenta en la ventana, el síndico debe preguntar el motivo; ‘así descubrirá fácilmente si se ocultan muertos o enfermos’. Cada cual encerrado en su jaula, cada cual asomándose a su ventana, respondiendo al ser nombrado y mostrándose cuando se le llama, es la gran revista de los vivos y los muertos”.

De esta forma Michel Foucault, en su libro Vigilar y Castigar, relata los procedimientos cuando había pueblos con peste, en el siglo XVIII. Era una ocasión que no había que perder para hacer un catastro completo de quienes vivían en el pueblo, de qué vivían, qué poseían, en cuáles casas vivían y, en definitiva, hacer un rastreo total por parte del gobierno sobre las formas de vida, los tipos de personas que vivían y prepararse, en base a ello, para ejercer el poder.

Este mes, Chile inicia su propio momento de vigilancia e inspección, donde el poder se acerca a nuestras casas, toca el timbre y pregunta sobre lo que tenemos, cómo es nuestra relación de pareja, nuestras opciones sexuales, cómo vivimos y trabajamos. Esta vez, la excusa ya no es la peste, enmarcada en un contexto de emergencia sanitaria (aunque en algún momento nos la quisieron vender con la famosa H1N1), sino más bien, como dice su página oficial, “la planificación presupuestaria y la creación, desarrollo e implementación de políticas públicas que favorecen a la ciudadanía en su totalidad”, para la cual se pide la mayor colaboración de los censados.

El conflicto es el siguiente. Desde 1813 que se realiza de manera constante el censo, pero sólo desde la primera década de siglo XX comenzaron a surgir ciertas leyes sociales que regulaban parte del trato laboral que existía. Esto no surgió a partir de censos, sino más bien de huelgas y movimientos sociales muy bien organizados, que en algunos casos terminaron con matanzas bastante conocidas, como la del Colegio Santa María de Iquique. Es decir, pasaron cerca de 93 años entre el primer censo y las primeras leyes de la sociedad. Si los censos no han sido utilizados para dichas políticas sociales, ¿por qué se siguen haciendo? ¿Dónde está el beneficio que reportan? La razón: los censos bien podrían ser el movimiento inicial de lo que Foucault llama «tecnologías del poder».

Pero ¿qué es esto de conocimiento-poder? En palabras sencillas, cuando hay relaciones sociales asimétricas (ejemplo: Estado v/s “sociedad civil”) una de ellas, de manera inevitable, ejercerá el poder sobre la otra, y claramente sabemos cuál de ellos lo viene haciendo de manera muy explícita en tiempos recientes, pero de manera más sutil desde siempre. Para que esta relación de poder se siga incrementando, perfeccionando o simplemente manteniendo, es necesario que se pueda conocer lo que se domina, y en este caso puntual de Chile, uno de tantos métodos que se utiliza (no el único) es el censo. Estimo que este es el método más grande, ya que es una muestra fácil de cómo se encuentra la población, y sus diversas formas de vida. Para poder ejercer un poder real sobre otros, hay que conocer muy bien a éstos. El censo es el dispositivo ideal para ello.

Como señala David Garland, en una síntesis del pensamiento foucaultiano sobre el conocimiento: “Cualquier ejercicio del poder depende, en cierta medida, del conocimiento del ‘blanco’ o de ámbito de operación al que se dirigirá. Para controlar un objeto (…) se requiere cierto grado de conocimiento de sus fuerzas, reacciones, sus puntos fuertes y débiles, sus posibilidades de cambio”.

Si examinamos el lema que acompaña al logo del Censo 2012, “Más moderno, seguro y profesional”, podemos preguntarnos: ¿para quién es moderno, seguro y profesional? Instantáneamente, la respuesta debería ser, “para mí, para que mis datos privados no sean de uso de cualquier persona”. La verdad es que al Estado no le interesa que otros sepan su información. Eso es algo que ellos pueden negociar, y otorgarle como si fuese un beneficio. Lo que a ellos les importa, es que usted permita al poder darle su información, para que ellos sigan controlándolo, y, en el mejor de los casos, darle un par de migajas de dudoso beneficio al ciudadano común y corriente. Para usar una metáfora carcelaria de Foucault, el poder le puede asegurar que el compañero de celda no sepa cómo usted vive, qué tiene y qué hace, pero el Estado, el poder (que acá podríamos perfectamente integrar junto al económico, sobre todo ahora que está groseramente unido al poder político) sí lo sabrá, y de eso no hay escapatoria, ya que es la lógica de funcionamiento del panóptico.

Seguramente, el gobierno le venderá la excusa que ahora es más profesional, y usted puede comprobar que quien le censa es una persona que trabaja para el Estado. Por tanto, no tiene de qué preocuparse (materializado en identificación del trabajador y su uniforme). Lo único que provoca el uniforme es separar una persona común y corriente de usted, invistiéndola del “poder institucional” que la faculta a hacer lo que necesite para obtener la información que le fue encomendada. Es una forma de establecer asimetrías más sutiles, al igual que la que instaura el gobierno y su gabinete de ministros con chaquetas rojas, casi diciendo “nosotros arreglamos las cosas, usted siga en lo suyo porque tenemos la solución”.

Aviso sobre indumentaria de censistas

Pero, ¿tiene esto alguna solución? ¿Qué podemos hacer para oponer resistencia a esta renovación de la dominación? La solución podría ser la siguiente.

Mucha gente ha propuesto que sencillamente deberíamos negarnos a ser censados, nuevamente, por esta razón de rehusarse a entregar datos personales. La verdad es que considero infértil esta vía. Desde 1970, la ley 17.374, que antes era un decreto con fuerza de ley (práctica común desde 1925 hasta 1970, en que había más decretos con fuerza de ley que leyes mismas), obliga a las personas a censarse. En caso de seguir negándose, se cobra una multa, y a la persona se le censa igual. Si usted sigue resistiéndose a la multa, se duplica en su costo y debe censarse censar igual. El punto es que no deben haber personas no censadas. Esto es ley.

Invito a las personas que estén de acuerdo con todo lo antes descrito, que simplemente tergiversen la información que otorguen, mintiendo de la forma que estimen conveniente. De esa forma, el panóptico ya no iluminará tan claro a sus vigilados. Si usted falsea su información en el censo, la visión clara que tiene el panóptico y sus técnicas para vigilar y controlar se verán oscurecidas. La población se guarecerá en la oscuridad, en el anonimato o en una idea errónea, que es donde más le dolerá al poder en estos momentos.

Lamentablemente, tengo que ponerme en contra de algunas agrupaciones que justamente buscan el reconocimiento de su opción sexual, o de reconocimiento étnico, más que justo (por el cual yo también abogo, participo y lucho), y que ellos sin miedo se reconozcan dentro del censo como parte de esas etnias, o de su opción sexual o religiosa. A mí me parece mucho más importante que ese reconocimiento se genere dentro del ámbito social y en nuestro entorno cercano, más que hacia un organismo que con esa información hará cualquier cosa menos reconocerlos, ayudarlos y/o promoverlos. Esto lo sabemos por las políticas horriblemente sistemáticas hacia los mapuches desde siglo XIX (y mucho antes, por lo demás), y los valores ultraconservadores (en un Estado supuestamente laico) que empapan a este gobierno puntualmente. Debido a estas razones, en términos concretos, veo una utilidad muy baja para sus fines de reconocimiento y de políticas públicas que los beneficien, desgraciadamente.

La decisión es suya. Si bien el censo es un instrumento para ejercer poder, este no es ni inmediato, ni directo o explícito. Tampoco mi propuesta de tergiversar información en el censo dará las respuestas a la movilización estudiantil, a la cuestión chileno-mapuche, al movimiento de Aysén o muchos otros, pero lograr esto significaría desfigurar la imagen del país hacia la institucionalidad, por tanto la demagogia presidencial perdería peso (haría alusiones a elementos irreales) y en el momento que surjan más movimientos sociales la preparación del gobierno ante ellos sería débil, y más fácil de desestabilizar, discursivamente y en términos prácticos.

La población se escondería en la oscuridad, donde el gobierno no se sabe manejar.